La Flecha negra
La Flecha negra —Muchachos —dijo—: Hemos sufrido un desagradable contratiempo; hemos sufrido un revés, ¿a qué negarlo? Pero precisamente por ello aprestémonos a ensillar de nuevo. Ese viejo Enrique VI se ha llevado la peor parte. Lavémonos, pues, las manos de él. Tengo un buen amigo que goza de gran influencia cerca del duque, el lord de Wensleydale. Pues bien: he escrito a mi amigo rogándole a su señorÃa su intercesión y ofreciéndole grandes satisfacciones por el pasado y razonables seguridades para el futuro. No cabe duda de que nos atenderá. Pero las súplicas sin dádivas son como canciones sin música; por eso le colmo de promesas, muchachos…, sin regatearle ninguna. ¿Qué falta, pues? ¡Ah! Una cosa importante… ¿para qué engañarnos?, una cosa importante y bastante difÃcil: un mensajero que la lleve. Los bosques… bien lo sabéis…, están llenos de enemigos nuestros. Muy necesaria es la rapidez; pero sin astucia y cautela de nada nos servirÃa. ¿Quién hay, pues, en esta compañÃa, que quiera llevar esta carta, entregarla a su señorÃa de Wensleydale y traerme la respuesta?
Se levantó al instante uno de aquellos hombres.
—Yo iré, si os place —dijo—. No me importa arriesgar el pellejo.
—No, Dick Bowyer, no irás —repuso el caballero—. No me place. Astuto eres, pero no rápido. Siempre fuiste un perezoso.