La Flecha negra
La Flecha negra —Si es asÃ, sir Daniel, aquà estoy yo —gritó otro.
—¡No quiera el cielo! —exclamó el caballero—. Tú eres rápido, pero nada astuto. Tú cometerÃas el disparate de meterte de cabeza en el campamento de John Amend-all. A los dos os doy gracias por vuestro valor, pero, verdaderamente, no puede ser.
Se ofreció entonces Hatch y también fue rechazado.
—A ti te necesito aquÃ, amigo Bennet; tú eres mi mano derecha —repuso el caballero.
Se adelantaron varios en grupo, y sir Daniel, al cabo, eligió uno y le dio la carta.
—Ahora —dijo el caballero—, ten presente que de tu rapidez y discreción dependemos todos. Tráeme una respuesta favorable y antes de tres meses habré limpiado mis bosques de esos vagabundos que nos desafÃan en nuestras propias barbas. Pero óyelo bien, Throgmorton: la tarea no tiene nada de fácil. Has de partir de noche y deslizarte como un zorro. Cómo podrás cruzar el rÃo Till, lo ignoro, pero no será por el puente ni por el vado.
—Sé nadar —replicó Throgmorton—. No temáis; llegaré sano y salvo.