La Flecha negra
La Flecha negra —Bien, amigo; marcha entonces a la despensa —respondió sir Daniel—, que, antes que nada, habrás de nadar en cerveza negra. —Y con estas palabras, le volvió la espalda y entró en la sala.
—¡Qué lengua tan sabia la de sir Daniel! —dijo Hatch a Dick en voz baja—. FÃjate, si no, en cómo donde otros hombres de menor calibre hubieran andado buscando paliativos, él va derecho al asunto y habla claro a toda la compañÃa. Éste es el peligro, les dijo, y ésta la dificultad, y todo en tono de broma. ¡Ah, por santa Bárbara, ése es un buen capitán! ¡No ha quedado un hombre que no se haya animado al oÃrle! ¡Mira con qué ardor se han puesto todos a trabajar de nuevo!
Este elogio de sir Daniel suscitó una idea en la mente del muchacho.
—Dime, Bennet —dijo—: ¿Cómo murió mi padre?
—No me preguntes esto —respondió el otro—. Yo no tuve arte ni parte en ello; además, he de guardar silencio, master Dick. Porque, mira: de las cosas propias puede hablar un hombre, pero de rumores y habladurÃas no. Pregúntaselo a sir Oliver… o a Carter, si quieres; pero no a mÃ.
Y con el pretexto de ir a realizar la ronda, Hatch se marchó, dejando a Dick absorto en sus cavilaciones.