La Flecha negra

La Flecha negra

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—¡Pues estamos perdidos! —gritó él, dando sobre el suelo una furiosa patada. Mas al oír pasos, corrió a la puerta e intentó cerrarla.

Antes de que pudiese correr el cerrojo, unos brazos vigorosos la empujaban contra él desde el otro lado. Luchó un instante, mas, viéndose perdido, retrocedió hacia la ventana.

La muchacha había caído medio desplomada contra la pared en el marco de la ventana; estaba casi sin sentido, por lo que, al cogerla para levantarla, se le quedó en los brazos abandonada, sin fuerzas.

En el mismo instante los hombres que habían forzado la puerta se lanzaron sobre él. De un puñetazo dejó tendido al primero y retrocedieron los otros en desorden, y, aprovechando la oportunidad, montó sobre el antepecho de la ventana y, agarrándose a la cuerda con ambas manos, se deslizó por ella.

Era una cuerda de nudos, lo que facilitaba el descenso; pero tan grande era la precipitación de Dick y tan poca su experiencia en semejante gimnasia, que iba y venía sin cesar en el aire como ajusticiado en la horca, ya golpeándose la cabeza, ya magullándose las manos contra las piedras del muro. El aire zumbaba en sus oídos; las estrellas que se reflejaban en el foso las veía girar en torbellino como hojas secas arrastradas por la tempestad. De pronto no pudo agarrarse ya a la cuerda y cayó de cabeza en el agua helada.


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