La Flecha negra

La Flecha negra

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Al volver a la superficie, su mano tropezó con la cuerda, que, libre ya de su peso, se balanceaba de un lado a otro. En lo alto brillaba un rojo resplandor; alzando la vista pudo ver, a la luz de las antorchas y de faroles llenos de carbones encendidos, que las almenas aparecían guarnecidas de rostros asomándose. Vio cómo los ojos de aquel hombre escudriñaban buscándole de aquí para allá; pero estaba a demasiada profundidad, y, por tanto, avizoraban en vano.

Se percató entonces de que la cuerda era mucho más larga de lo necesario, y así, agarrado a _ella, comenzó a bracear lo mejor que pudo en dirección al borde opuesto del foso, conservando la cabeza fuera del agua. Así recorrió hasta mucho más de la mitad del camino; pero cuando ya la orilla se hallaba casi al alcance de su mano, la cuerda, por su propio peso, empezó a tirar de él hacia atrás. Sacando fuerzas de flaqueza, la soltó y dio un salto para asirse a las colgantes ramas de sauce que aquella misma tarde sirvieron al mensajero de sir Daniel para echar pie a tierra. Se hundió, salió a flote y volvió a hundirse, hasta que, al fin, aferró la mano en una rama mayor; con la velocidad del pensamiento se arrastró hasta la parte más frondosa del árbol; se quedó allí abrazado, chorreando y jadeando, dudando de que realmente hubiera logrado escaparse.


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