La Flecha negra
La Flecha negra —¿Por la suerte de Jack? —repitió Duckworth—. ¡Ah, sÃ, por la muchacha! No, Dick; yo te prometo que si llega a hablarse de casarla con otro, intervendremos inmediatamente; hasta entonces o hasta que llegue el momento desapareceremos todos como las sombras al asomar el dÃa. Sir Daniel mirará al este y al oeste sin hallar un solo enemigo; pensará que lo pasado fue una pesadilla de la cual despierta ahora en su lecho. Pero cuatro ojos, los nuestros, Dick, le seguirán de cerca y nuestras cuatro manos… ¡quieran todos los santos ayudarnos!… harán morder el polvo a ese traidor.
Dos dÃas después, tan poderosa llegó a ser la guarnición de la fortaleza de sir Daniel, que éste se aventuró a hacer una salida y a la cabeza de unos cuarenta hombres a caballo avanzó hasta la aldea de Tunstall. No se disparó ni una flecha ni un hombre se vio en la espesura; ya no estaba custodiado el puente, sino que ofrecÃa paso franco a todo viandante; y al cruzarlo, sir Daniel vio a los aldeanos contemplándole tÃmidamente a las puertas de las casas.
De pronto, uno de ellos, sacando fuerzas de flaqueza, se adelantó y con los más rendidos saludos presentó al caballero una carta.
A medida que leÃa su contenido a éste se le oscurecÃa el rostro. DecÃa:
Al más falso y cruel de los señores, sir Daniel Brackley, caballero, digo: