La Flecha negra

La Flecha negra

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Todos eran parecidos: hombres robustos, de tez curtida, mano dura y mirada audaz, y aunque vestían simples tabardos, como pobres labriegos, hasta un soldado borracho lo hubiera pensado un poco antes de buscar camorra alguna en semejante compañía.

Frente al enorme fuego que ardía en la chimenea y algo apartado se hallaba también sentado otro hombre más joven, casi un niño, vestido de forma muy parecida, aunque era fácil distinguir por su aspecto que era hombre superior a ellos por nacimiento y que pudiera haber ceñido espada si la ocasión lo requiriese.

—No —dijo uno de los hombres sentados a la mesa—. No me gusta esto. Algo malo nos ocurrirá. No es éste sitio adecuado para gente alegre. A la gente alegre le gusta el campo abierto, buen abrigo y pocos enemigos; pero aquí estamos encerrados en una ciudad, rodeados de enemigos, y, para colmo de desdichas, ya veréis cómo antes de amanecer nos regala el cielo una nevada.

—Eso díselo a master Shelton, que está ahí —repuso otro, señalando con la cabeza al muchacho que estaba sentado frente al fuego.

—Mucho estoy yo dispuesto a hacer por master Shelton —replicó el primero—. Pero lo que es ir a la horca por él o por cualquier otro… ¡no, hermanos, no… eso sí que no!

Se abrió la puerta de la posada y entró apresuradamente otro hombre que se aproximó al joven.


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