La Flecha negra
La Flecha negra Sir Daniel y sus seis hombres habían llegado a las afueras de la ciudad, donde empezaba el campo. Shoreby era una ciudad abierta, y aun cuando los señores de Lancaster mantenían fuerte guardia en los caminos reales, era posible, sin embargo, entrar o salir, sin ser visto, por cualquiera de las callejuelas o cruzando campos.
La angosta callejuela que seguía entonces sir Daniel terminaba bruscamente. Frente a él se extendía una áspera y desigual llanura y a un lado se percibía el rumor de la resaca. No había guardias por los alrededores ni luz alguna en aquella parte de la ciudad.
Dick y sus dos forajidos se acercaron algo más al grupo que perseguían; de pronto, al salir de entre las casas y poder abarcar mayor terreno por ambos lados, advirtieron que otra antorcha se aproximaba por distinta dirección.
—Eh —exclamó Dick—. Esto me huele a traición.
Entretanto, sir Daniel había hecho alto. Clavaron las antorchas en la arena y se echaron los hombres, como para esperar la llegada de otra patrulla.
Ésta se acercaba a buen paso. La componían únicamente cuatro hombres: un par de arqueros, un paje con la antorcha y un caballero embozado caminando en el centro.
—¿Sois vos, milord? —gritó sir Daniel.