La Flecha negra
La Flecha negra —Yo soy, en efecto; y si alguna vez dio un caballero leal pruebas de serlo, yo soy ese hombre —respondió el jefe del segundo grupo—, porque ¿quién no preferirÃa hacer frente a gigantes, brujos o herejes, mejor que a este frÃo penetrante?
—Milord —repuso sir Daniel—: Tanto más reconocida os estará la belleza, no lo dudéis. Pero ¿vamos allá? Porque cuanto antes hayáis visto mi mercancÃa, más pronto regresaremos a casa.
—Pero ¿por qué la guardáis ahÃ, buen caballero? —preguntó el otro—. Si tan joven es, tan hermosa y tan rica, ¿por qué no la presentáis entre sus compañeras? Pronto le encontrarÃais un buen partido, sin necesidad de helaros los dedos y arriesgaros a recibir un flechazo, yendo por el mundo a hora tan inoportuna y en plena oscuridad.
—Ya os he dicho, milord —replicó sir Daniel—, que el motivo de ello sólo a mà interesa, y no pienso daros más explicaciones. Básteos saber que si estáis ya cansado de vuestro viejo amigo Daniel Brackley, no tenéis más que publicar por todas partes que vais a casaros con Joanna Sedley, y yo os doy palabra de que inmediatamente os veréis libre de él. Pronto le encontraréis con una flecha clavada en su espalda.