La Flecha negra
La Flecha negra Entretanto avanzaban rápidamente por la llanura los dos caballeros, precedidos por las tres antorchas inclinadas contra el viento, esparciendo nubes de humo y penachos de llamas, y seguidos por los seis arqueros.
Casi pisándoles los talones les seguía Dick. Desde luego, no había oído ni una sola palabra de esta conversación; pero había reconocido en el segundo de los interlocutores al anciano lord Shoreby, hombre de pésima reputación, a quien hasta el mismo sir Daniel aparentaba condenar en público al hablar de su conducta.
Llegaron pronto junto a la misma playa. Tenía el aire emanaciones salinas, aumentaba el rumor de las olas y allí, en un amplio jardín cercado, se alzaba una casita de dos pisos, con establos y otras dependencias.
El portador de la primera antorcha abrió una puerta que había en la cerca y, una vez que todo el grupo hubo penetrado en el jardín, volvió a cerrarla por el otro lado.
Dick y sus hombres quedaron así imposibilitados de continuar siguiéndoles, a menos que escalasen el muro y se expusieran a caer en la trampa.
Se sentaron entre un grupo de tejos y esperaron. El rojizo resplandor de las antorchas iba y venía de un lado a otro dentro del cercado, como si los portadores de las antorchas patrullaran por el jardín continuamente.