La Flecha negra
La Flecha negra Transcurrieron unos veinte minutos, al cabo de los cuales toda la comitiva salió de nuevo. Sir Daniel y el barón, después de prolongados saludos, se separaron, dirigiéndose cada cual a su respectivo domicilio, seguidos de sus hombres y de sus luces.
Tan pronto como el rumor de sus pasos se hubo desvanecido en el aire, Dick se puso en pie con toda la rapidez de que era capaz, pues tenÃa todo el cuerpo dolorido y helado por el frÃo.
—Capper, vas a ayudarme a subir ahà —dijo.
Se adelantaron los tres hasta el muro, Capper se agachó y, subiéndosele a los hombros, Dick trepó hasta la albardilla.
—Ahora, Greensheve —cuchicheó Dick—, súbete aquÃ, túmbate de cara para que no te vean y mantente siempre pronto a tenderme una mano, si ves que me ocurre algo desagradable al otro lado.
Diciendo esto se dejó caer en el jardÃn.
Reinaba una profunda oscuridad; ni una luz brillaba en la casa. Soplaba penetrante el viento entre los arbustos y el mar azotaba la playa, Dick avanzaba cautelosamente, tropezando con los matojos y tanteando con las manos; de pronto el rechinar de la grava bajo sus pies le advirtió que se hallaba en uno de los paseos.