La Flecha negra

La Flecha negra

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Se detuvo allí y, sacando la ballesta que llevaba escondida bajo el largo tabardo, se preparó para obrar sin pérdida de tiempo y avanzó de nuevo con la mayor decisión y arrojo. El sendero le condujo en línea recta hasta el grupo de edificios.

Todo tenía un triste y ruinoso aspecto; las ventanas estaban resguardadas por desvencijados postigos, abiertos y vacíos los establos, sin heno en el henil ni grano en el granero. Cualquiera hubiese dicho que aquélla era una casa abandonada; pero Dick tenía pruebas suficientes de lo contrario. Continuó su inspección, visitando todas las dependencias, comprobando la mayor o menor solidez de las ventanas. Llegó al fin, dando un rodeo, al lado de la casa que daba al mar y, como esperaba, allí vio una lucecilla en una de las ventanas superiores.

Retrocedió unos pasos, hasta que creyó ver una sombra que se movía sobre la pared del aposento. Se acordó entonces de que, al ir tanteando en el establo, había tropezado su mano con una escalera, y fue rápidamente a buscarla. Ésta era muy corta; sin embargo, poniéndose de pie en el último peldaño, logró tocar los barrotes de hierro de la ventana, y, aferrándose a éstos con todas sus fuerzas, levanta el cuerpo hasta que sus ojos alcanzaron a ver el interior de la habitación.


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