La Flecha negra
La Flecha negra —No, señor, no lo eran —respondió Greensheve—. O yo no tengo ojos, o cada uno de esos monigotes llevaba una escarapela blanca en la gorra, a cuadros oscuros.
—¿Blanca, con cuadros oscuros? —repitió Dick—. ¡No conozco esa divisa! No es ninguna de las del paÃs. Bien; si es asÃ, salgamos de este jardÃn tan silenciosamente como podamos, porque estamos en mala posición para defendernos. Es indudable que en esta casa hay hombres de sir Daniel, y que nos cojan entre dos fuegos es lo peor que puede sucedernos. Coge la escalera; debo dejarla donde la encontré.
La restituyó, pues, al establo, y, a tientas, marcharon hacia el lugar por donde habÃan entrado.
Capper ocupaba ahora el puesto de Greensheve sobre la albardilla, y, tendiéndoles la mano, primero a uno y luego a otro, tiró de ellos para hacerlos subir.
Cautelosa y silenciosamente se dejaron caer de nuevo al otro lado, no atreviéndose a hablar hasta que volvieron a su anterior escondite entre los tejos.