La Flecha negra
La Flecha negra —Ahora, John Capper —dijo Dick—, vuelve a Shoreby, aunque en ello te vaya la vida. Tráeme enseguida cuantos hombres puedas reunir. Éste será el punto de cita, a no ser que los hombres estuviesen muy diseminados y vieses que el dÃa se acercaba antes de juntarlos, en cuyo caso el sitio de cita será algo más allá, hacia la entrada de la ciudad. Greensheve y yo nos quedamos aquà vigilando. ¡Date prisa, John Capper, y que los santos vengan en tu ayuda!
Y en cuanto hubo desaparecido el enviado, continuó diciendo Dick:
—Ahora, Greensheve, vamos tú y yo a rondar el jardÃn, dando un rodeo. Quiero ver si tus ojos te engañaron.
Manteniéndose a buena distancia del muro, y aprovechando todos los altibajos del terreno, vigilaron la casa por dos de sus lados sin observar nada de interés. En la tercera fachada, la tapia del jardÃn se hallaba muy cerca de la playa, y para guardar la debida distancia tuvieron que descender algún trecho sobre las arenas. Aunque la marea estaba todavÃa bastante baja, la resaca era tan alta y tan llana la orilla que, al romper las olas, una gran sábana de espuma y de agua la cubrÃa rápidamente, y asà Dick y Greensheve tuvieron que realizar esta parte de su ronda hundidos hasta el tobillo o hasta las rodillas, casi vadeando las frÃas y saladas aguas del mar del Norte.