La Flecha negra
La Flecha negra De pronto, destacándose contra la relativa blancura de la tapia del jardín, apareció la figura de un hombre, como una débil sombra chinesca, haciendo señales con los brazos, que agitaba violentamente. Luego cayó a tierra, y surgió otro algo más lejos, que repitió la misma operación. Así, como silenciosa consigna, estas gesticulaciones hicieron la ronda del sitiado jardín.
—Buena guardia han montado —cuchicheó Dick.
—Volvamos a tierra, buen amo —repuso Greensheve—. Estamos aquí demasiado al descubierto, porque fijaos: cuando las olas rompan detrás de nosotros, nos verán claramente contra la blanca cortina de espuma.
—Tienes razón —respondió Dick—. Volvamos a tierra y a toda prisa.