La Flecha negra

La Flecha negra

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Despojándose de sus largos tabardos, aparecieron unos con simples chaquetas verdes y otros con pesadas chaquetas de cuero; bajo el capuchón, muchos llevaban gorros reforzados con placas de hierro; y en cuanto a armas ofensivas, espadas, dagas, unas cuantas jabalinas y una docena de brillantes hachas les ponían en situación de poder aventurarse a un choque hasta con tropas regulares feudales. Los arcos, aljabas y tabardos, quedaron ocultos entre los tejos y los dos grupos avanzaron resueltamente.

Cuando Dick hubo llegado al otro lado de la casa, colocó, apostados en línea, a seis hombres, a unos veinte metros de la tapia del jardín, situándose él mismo frente a ellos, a pocos pasos de distancia. Entonces, lanzando todos a la vez un mismo grito, cerraron contra los enemigos.

Éstos, que se hallaban muy esparcidos, echados en el suelo y medio helados de frío, se pusieron atropelladamente de pie, sin saber qué hacer. Antes de que tuvieran tiempo de recobrar la serenidad o de darse cuenta del número e importancia de sus atacantes, un nuevo grito resonó en sus oídos desde el lado opuesto del cercado. Entonces se dieron por perdidos y huyeron a la desbandada.


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