La Flecha negra

La Flecha negra

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Llevaba levantada la visera y era su continente autoritario y noble, como correspondía a la riqueza de su atavío y de sus armas. No sin cierta confusión se levantó Dick al verle, y descendió del pie de la cruz para ir al encuentro de su prisionero.

—Os doy las gracias, milord, por vuestra puntualidad —dijo, haciendo una profunda reverencia—. ¿Quisiera su señoría echar pie a tierra?

—¿Estáis solo, joven? —preguntó el otro.

—No iba a ser tan cándido —repuso Dick—, y para ser franco con su señoría, os diré que los bosques que se extienden a ambos lados de esta cruz están llenos de hombres honrados que me acompañan, apostados ahí junto a sus armas.

—Habéis hecho bien —replicó el lord—. Y tanto más me place saberlo cuanto que anoche os batisteis temerariamente, más como un salvaje sarraceno loco que como guerrero cristiano. Pero no está bien que me queje, siendo yo quien llevó la peor parte.

—En efecto, milord, salisteis peor librado, puesto que caísteis —repuso Dick—. Pero si no llegan a ayudarme las olas, yo hubiera sido el vencido. Os complacisteis en dominarme, mostrando vuestra superioridad, por medio de numerosas señales que me hizo vuestra daga y que aún llevo. En fin, milord, sospecho que fui yo quien corrió todo el riesgo y sacó todo el provecho de aquella refriega de ciegos que tuvimos en la playa.


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