La Flecha negra
La Flecha negra —Veo que sois lo bastante astuto como para tomarlo a broma —replicó el forastero.
—No, milord; astuto, no —repuso Dick—; no pretendo con eso sacar ventaja alguna. Pero cuando, a la luz del nuevo dÃa, veo cuán grande es el caballero que se ha rendido, no sólo a mis armas, sino a la suerte, la oscuridad y la resaca… y cuán fácilmente podÃa la batalla haber tomado bien distinto giro, tratándose de un soldado tan inexperto y rústico como yo… no os extrañe, señor, que me sienta confundido con mi propia victoria.
—DecÃs bien —respondió el forastero—. ¿Cómo os llamáis?
—Me llamo Shelton —contestó Dick.
—Lord Foxham me llama a mà la gente —añadió el otro.
—Entonces, milord, con vuestra venia, sois el tutor de la más adorable doncella que existe en Inglaterra —exclamó Dick—. Y por lo que toca a vuestro rescate y al de los que con vos quedaron prisioneros en la playa, ninguna duda habrá ya respecto a las condiciones. Os ruego, señor, y a vuestra benevolencia y caridad apelo, que me concedáis la mano de mi señora, Joanna Sedley, y os daré, a cambio, vuestra libertad y la de vuestros seguidores; si la aceptáis, podréis contar con mi gratitud y servicio hasta la muerte.