La Flecha negra
La Flecha negra Sir Daniel se habÃa alarmado por la escaramuza de la noche anterior. HabÃa aumentado la guarnición de la casa del jardÃn; pero, no contento con esto, tenÃa estacionados hombres a caballo en todas las callejuelas vecinas, de modo que pudieran comunicarle en el acto cualquier movimiento que observaran. Entretanto, en el patio de su mansión, tenÃa ensillados otros caballos, y los jinetes armados esperaban tan sólo la señal para montar.
La nocturna aventura en proyecto iba haciéndose cada vez más difÃcil de efectuar, hasta que, de pronto, el rostro de Dick se iluminó.
—¡Lawless! —llamó—. Tú que has sido marinero, ¿podrÃas robarme un barco?
—Master Dick —repuso Lawless—, si vos me guardáis las espaldas, capaz serÃa de robar la AbadÃa de York.