La Flecha negra

La Flecha negra

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Poco después ambos partían con dirección al puerto. Era éste una extensa concha situada entre arenosas colinas, rodeada de pequeñas dunas, viejos árboles sin hojas y destartaladas casuchas de los barrios bajos. Numerosos navíos y barcas estaban allí anclados o habían sido varados en la playa. El prolongado mal tiempo les había llevado desde alta mar a buscar el refugio del puerto, y el tropel de negras nubes y las frías borrascas que se sucedían sin cesar, ya con una rociada de nieve, ya con una simple ventolera, anunciaban que, lejos de mejorar, el tiempo amenazaba una próxima y más seria tormenta.

Los marineros, en vista del frío y del viento, se habían retirado, en su mayor parte, a tierra y llenaban ahora de vocerío y cantos las tabernas de la playa. Muchos de los buques estaban anclados, sin guardia alguna, y como el día avanzaba y el tiempo no llevaba trazas de mejorar, su número aumentaba continuamente.

A estos barcos abandonados y, sobre todo, a los que se hallaban bastante alejados, dirigió Lawless su atención, mientras Dick, sentado sobre un áncora medio hundida en la arena, y prestando oídos ya a las rudas, potentes y amenazadoras voces del ventarrón, ya a los roncos cantos de la marinería en una taberna próxima, pronto se olvidó de cuanto le rodeaba y de sus preocupaciones, al pensar en la gratísima promesa de lord Foxham.


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