La Flecha negra
La Flecha negra En su ensimismamiento vino a interrumpirle una mano que se posó sobre su hombro. Era la de Lawless, que le señalaba un barquito que aparecÃa casi solitario a escasa distancia de la entrada del puerto, donde se balanceaba suave y rÃtmicamente sobre el oleaje. El pálido resplandor del sol de invierno brilló en aquel momento sobre la cubierta de la embarcación, haciéndola destacar contra una masa de amenazadores nubarrones, y en esa momentánea claridad logró ver Dick que un par de hombres halaban el esquife desde un costado del buque.
—Allà está, señor —dijo Lawless—. Fijaos bien. Allà está el barco para esta noche.
Al rato el esquife se apartó del costado del buque, y los dos hombres, poniendo proa al viento, remaron vigorosamente hacia tierra. Lawless se volvió hacia un individuo que por allà andaba.
—¿Cómo se llama? —le preguntó, señalando a la pequeña embarcación.
—Se llama el Buena Esperanza, de Dartmouth —contestó el hombre—. El nombre del capitán es Arblaster. Es ése que empuña el remo de proa en el esquife.
Esto era cuanto Lawless querÃa saber. Dando precipitadamente las gracias al hombre, se fue, rodeando la playa, hasta cierta caleta adonde se dirigÃa el esquife. Se situó allà y tan pronto como se hallaron al alcance de su voz, se dirigió a los marineros del Buena Esperanza, exclamando: