La Flecha negra

La Flecha negra

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—¡Hola! ¡Compadre Arblaster! ¡Bienvenido, compadre; muy bienvenido! ¡Por la cruz que me alegro de veros! ¿Es ése el Buena Esperanza? ¡Vaya, si lo conoceré yo! ¡Aunque estuviera entre mil!… ¡Buen barco, buen barco! Pero ¡caramba!, venid pronto, compadre. ¡Vamos a echar un trago! Ya cobré mi herencia, de la que sin duda habréis oído hablar. Ya soy rico, ya dejé de navegar por los mares; ahora casi siempre navego sobre cerveza especiada. ¡Vamos, amigo! ¡Venga esa mano y a beber con un viejo camarada de barco!

El patrón, Arblaster, hombre maduro, de alargado y curtido rostro, con un cuchillo que una trenzada cuerda sostenía pendiente de su cuello, y exactamente igual a un marinero de hoy día en su porte y talante, se había detenido, presa de asombro y desconfianza. Pero la mención de la herencia y cierto aire de simplicidad de hombre borracho y de franca camaradería, que tan bien fingía Lawless, se unieron para vencer su recelo, y desapareciendo en él la tensión de su semblante, tendió de pronto su mano abierta, que estrechó la del forajido en formidable apretón.





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