La Flecha negra

La Flecha negra

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—No —dijo—; no recuerdo vuestra fisonomía. Pero ¿qué importa? Con cualquiera estoy yo dispuesto a echar un trago, y lo mismo Tom, mi marinero. Tom —añadió, dirigiéndose a su acompañante—: Aquí tienes a mi compadre, de cuyo nombre no puedo acordarme; pero que sin duda es un buen marinero. Vamos a beber con él y con su amigo, que es hombre de tierra.

Abrió la marcha Lawless, y pronto estuvieron sentados en una taberna que, por ser muy nueva y hallarse en lugar descubierto y solitario, no estaba tan atestada de gente como las cercanas al centro del puerto. No era más que un tugurio de madera muy parecido a los blocaos que existen en las apartadas selvas, toscamente amueblado con uno o dos armarios, algunos bancos de madera y unos tablones colocados sobre barriles en lugar de mesas. En el centro, y como sitiado por violentas e innumerables corrientes de aire, ardía, entre espesa humareda, un fuego de viejas tablas, restos de naufragios.

—¡Ajajá! —exclamó Lawless—. ¡Ésta es la alegría del marinero: un buen fuego, un buen vaso de algo fuerte para beber en tierra, con un tiempo loco ahí fuera y un ventarrón que llega de alta mar rondando en el tejado! ¡A la salud del Buena Esperanza! ¡Porque se mantenga bien al ancla!


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