La Flecha negra
La Flecha negra —¡SÃ! —dijo el patrón Arblaster—, ¡buen tiempo para quedarse en tierra, a fe mÃa! Y tú, Tom, ¿qué dices? Compadre, decÃs bien, aunque no consigo acordarme de vuestro nombre; pero decÃs muy bien. ¡Porque el Buena Esperanza se mantenga bien al ancla! ¡Amén!
—Amigo Dick —dijo Lawless dirigiéndose a su jefe—: Si no me equivoco, tenéis entre manos algunos asuntos. Pues bien: ocupaos de ellos al instante, os lo ruego, que yo aquà me quedo con esta buena compañÃa, dos recios y viejos marineros, y hasta que volváis yo os respondo de que estos dos valientes aguantarán aquà conmigo bebiendo vaso tras vaso. ¡Nosotros, viejos lobos de mar, no somos como los hombres de tierra!
—¡Bien dicho! —exclamó el patrón—. Podéis iros, muchacho, yo cuidaré de vuestro amigo y buen compadre mÃo hasta el toque de queda… ¡SÃ, por MarÃa SantÃsima! Hasta que salga el sol de nuevo… Porque, mirad, cuando un hombre ha estado mucho tiempo en el mar, la sal penetra en la arcilla de sus huesos, y entonces ya puede beberse un pozo, que jamás apagará su sed.