La Flecha negra
La Flecha negra Así, animado por todos, se levantó Dick, saludó y saliendo de nuevo afuera, en la tarde de borrasca, se dirigió a toda prisa hacia La Cabra y la Gaita. Desde allí mandó recado a lord Foxham de que tan pronto cerrase la noche dispondrían de una buena embarcación para hacerse a la mar. Luego, llevando consigo a un par de forajidos con cierta experiencia en la vida marinera, regresó hacia el puerto en dirección a la caleta.
El esquife del Buena Esperanza estaba allí entre otros muchos, de los cuales se distinguía fácilmente por su extremada pequeñez y fragilidad. Cuando Dick y sus dos hombres ocuparon sus puestos y empezaron a alejarse de la caleta para entrar en el puerto abierto, el pequeño cascarón se hundía en el oleaje y se bamboleaba a cada ráfaga de viento como si fuera a naufragar.
El Buena Esperanza, como hemos dicho, se hallaba anclado bastante lejos, donde la marejada era más fuerte. Ningún otro barco estaba fondeado a distancia menor que la de muchos cables, y los más cercanos estaban enteramente abandonados. Además, cuando el esquife se acercaba, una espesa cortina de nieve y el repentino oscurecimiento del cielo ocultaron a los forajidos a todo posible espionaje. En un abrir y cerrar de ojos saltaron sobre la cubierta, y el esquife quedó balanceándose a popa. El Buena Esperanza había sido apresado.