La Flecha negra

La Flecha negra

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—¡Ya lo creo! —repuso Jack—. Mientras estemos aquí; pero en cuanto ese pobre barco saque las narices fuera del puerto… ¡Mirad, ya tiembla! El infeliz me ha oído y el corazón le ha presagiado algo malo, dentro de su costillaje de roble. Pero fijaos, master Dick, cómo se cierra el cielo.

La oscuridad a lo lejos, era pasmosa, en efecto. Entre la negrura se elevaban grandes oleadas, una tras otra, y, a compás de ellas, se alzaba flotante el Buena Esperanza para hundirse vertiginosamente por el otro lado. Una ligera rociada de nieve y de espuma cayó sobre la cubierta volando como polvillo, en tanto el viento pulsaba lúgubremente el arpa entre las jarcias.

—¡Sí que tiene mala cara! —observó Dick—. Pero ¡ánimo! Esto no es más que un chubasco y pronto pasará.

Mas, a pesar de sus palabras, se sentía deprimido por la amenazadora negrura del cielo y aquel gemir y silbar del viento. Por eso, al saltar sobre un costado del Buena Esperanza y dirigirse de nuevo hacia la caleta, se santiguó devotamente y encomendó a Dios las almas de cuantos se aventuraran a merced del mar.

En la caleta ya se habían reunido una docena de forajidos. Les entregaron el esquife, ordenándoles que se embarcaran sin demora.


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