La Flecha negra
La Flecha negra Algo más adentro de la playa halló Dick a lord Foxham, que corrÃa en su busca, oculto el rostro con una oscura capucha y cubierta su brillante armadura con un largo capote bermejo de pobre aspecto.
—Joven Shelton, ¿estáis decidido, verdaderamente, a haceros a la mar?
—Milord —respondió Richard—; la casa está rodeada de hombres a caballo; serÃa imposible llegar a ella sin provocar la alarma; y, una vez advertido sir Daniel de nuestro propósito, no lograrÃamos llevarlo a buen término, a pesar de vuestra asistencia, más que cabalgando contra el viento. Ahora bien: dando un rodeo por mar corremos algún peligro por tener que luchar contra los elementos; pero (y esto compensa de sobra todo lo demás) tenemos la probabilidad de llevar a cabo lo que nos proponemos y rescatar a la doncella.
—Bien —contestó lord Foxham—. Conducidme. Os seguiré, en cierto modo, por vergüenza; pero confieso que preferirÃa estar en la cama.
—Por aquÃ, pues —dijo Dick—. Vamos a buscar a nuestro piloto.