La Flecha negra
La Flecha negra Y abrió la marcha, dirigiéndose a la tosca taberna donde diera cita a varios de sus hombres. Algunos se hallaban rondando alrededor de la puerta; otros, más atrevidos, estaban ya dentro, eligiendo los lugares más próximos a aquél donde se hallaba sentado su camarada. Se reunieron en torno de Lawless y de los dos marineros. Éstos, a juzgar por su alterado rostro y sus turbios ojos, hacÃa ya rato que habÃan pasado de los lÃmites de la moderación, y, al entrar Richard, seguido de cerca por lord Foxham, entonaban los tres una vieja y triste canción marinera, a coro con el continuo gemir del viento.
Lanzó Dick una rápida ojeada por todo aquel tugurio. Acababan de echar más leña al fuego, y éste arrojaba nubes de humo negro, por lo cual era difÃcil distinguir claramente los rincones apartados. Era evidente, sin embargo, que los forajidos eran muy superiores en número al resto de los clientes. Satisfecho sobre este punto, para el caso de un fracaso en la ejecución de su plan, se dirigió resueltamente hacia la mesa y volvió a ocupar su puesto en el banco.
—¡Eh! —gritó el patrón, ya borracho—. ¿Quién sois, eh?
—Quisiera hablar dos palabras con vos ahà fuera, master Arblaster —contestó Dick—, y de esto es de lo que vamos a hablar.