La Flecha negra
La Flecha negra Al resplandor de la lumbre le mostró un noble de oro.
Los ojos del viejo marinero se encendieron como dos ascuas, aunque no reconociera al que le hablaba.
—SÃ, muchacho —dijo—. Os acompaño. Compadre, vuelvo enseguida. Bebed de firme, compadre…
Y colgándose del brazo de Dick para asegurar sus vacilantes pasos, fue hacia la puerta de la taberna.
No bien hubo franqueado el umbral, diez fuertes brazos se apoderaron de él y le ataron; y en dos minutos, convertido en un fardo y con una buena mordaza en la boca, le arrojaron cuan largo era a un pajar vecino. Al momento, su sirviente Tom, asegurado de igual forma, fue a hacerle compañÃa, y los dos quedaron allà abandonados a sus torpes reflexiones durante la noche.
Como ya no habÃa necesidad de ocultarse, a una señal convenida se reunieron los seguidores de lord Foxham, y la partida, apoderándose audazmente de cuantos botes requerÃa su número, partieron en flotilla hacia la luz que brillaba en el aparejo de la embarcación. Mucho antes de que hubiera subido a cubierta el último de los forajidos, ya sonaban furiosos gritos en la playa, prueba de que al menos una parte de los marineros habÃa descubierto la desaparición de sus botes.