La Flecha negra

La Flecha negra

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Pero tarde era ya, tanto para recuperarlos como para tomar venganza. De los cuarenta hombres aguerridos que se reunieron en el barco robado, ocho estaban avezados al mar y podían perfectamente constituir la tripulación. Con la ayuda de éstos se izó una vela. Se picó el cable. Lawless, tambaleándose aún y cantando todavía a voz en grito el estribillo de una canción marinera, empuñó la larga caña del timón, y el Buena Esperanza comenzó a deslizarse velozmente en medio de la oscuridad de la noche desafiando la furia de las enormes olas que se alzaban más allá de la barra del puerto.

Tomó su sitio Richard junto al aparejo de barlovento. A excepción de la propia linterna del barco y algunas lucecillas de la ciudad de Shoreby, que quedaban a sotavento, todo estaba negro como boca de lobo. Sólo de vez en cuando y a medida que el Buena Esperanza se precipitaba vertiginosamente en el abismo de las olas, se rompía una de las crestas —una gran catarata de nívea espuma—, que vivía un instante, y un momento después corría a confundirse con la estela del barco y se desvanecía.





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