La Flecha negra
La Flecha negra Muchos de los hombres de a bordo permanecían echados y agarrados a lo que podían, rezando en voz alta; otros, mareados, se habían arrastrado hasta el fondo del buque, echados de cualquier manera entre el cargamento. Y entre la extremada violencia de movimientos del barco y las continuas bravatas del borracho de Lawless, que todavía cantaba vociferando agarrado al gobernalle, hasta el más valiente de todos los de a bordo hubiera sentido no pocas dudas y funestos presagios acerca del resultado de todo aquello.
Pero Lawless, que como guiado por el instinto dirigía el rumbo por entre los rompientes, se lanzó a sotavento de un gran banco de arena, donde navegaron un rato en aguas tranquilas, y bien pronto abarloaban en un tosco malecón, donde precipitadamente fue amarrada la embarcación, que quedó cabeceando y chocando contra las piedras en la oscuridad.