La Flecha negra
La Flecha negra Tomaron ambos el camino de Shoreby, el cual en esta parte de su curso seguÃa de cerca las márgenes del bosque, saliendo de cuando en cuando al campo abierto y pasando junto a algunas casas de gente pobre y modestas heredades.
De pronto, a la vista de una de éstas, Lawless se detuvo.
—Hermano Martin —dijo en voz perfectamente desfigurada y apropiada a su hábito monacal—: Entremos a pedir limosna a estos pobres pescadores. Pax vobiscum. Sà —añadió con su voz natural—; es tal como yo me temÃa. Se me ha olvidado algo el tonillo quejumbroso y, con vuestra venia, mi buen master Shelton, tendréis que permitirme practicar en estos rústicos lugares, antes de arriesgar mi rollizo pescuezo entrando en casa de sir Daniel. Pero fijaos un momento, cuán excelente cosa es saber de todo un poco. Si no hubiese sido marinero, os habrÃais hundido sin remedio en el Buena Esperanza; si no fuese ladrón, no hubiera podido pintaros la cara; y de no haber sido fraile, cantado de firme en el coro y comido a dos carrillos en el refectorio, no podrÃa llevar este disfraz sin que hasta los perros nos descubriesen y nos ladrasen por impostores.
Se hallaba ya junto a una ventana de la casa de labor, y poniéndose de puntillas, atisbó el interior.