La Flecha negra
La Flecha negra —¡Vaya! —exclamó—. Mejor que mejor. Aquà vamos a poner a prueba nuestras caras, y encima vamos a divertirnos burlándonos del hermano Capper.
Asà diciendo, abrió la puerta y entró en la casa.
Tres de los de su partida se hallaban ante la mesa, comiendo vorazmente. Sus puñales, clavados junto a ellos en las tablas, y las foscas y amenazadoras miradas que sin cesar lanzaban sobre la gente de la casa demostraban que el festÃn se debÃa más a la fuerza que a la voluntad. Contra los dos frailes, que, con cierta humilde dignidad, penetraban ahora en la cocina, se volvieron con evidente enojo, y uno de ellos —John Capper en persona— que, al parecer, asumÃa el papel de director, les ordenó con malos modos que se retiraran inmediatamente.
—¡No queremos mendigos aquÃ! —gritó.
Mas otro —aunque muy lejos de reconocer a Dick y a Lawless— se inclinó a procedimientos más moderados.
—¡Nada de eso! —gritó—. Nosotros somos hombres fuertes y tomamos las cosas; ellos son débiles e imploran; pero al final, ellos serán los que venzan y nosotros los que caigamos debajo. No le hagáis caso, padre; acercaos, bebed en mi vaso y dadme la bendición.