La Flecha negra
La Flecha negra —Sois hombres de espÃritu ligero, carnal y maldito —dijo el fraile—. ¡No permita el cielo que yo beba jamás en semejante compañÃa! Mas oÃdme: por la lástima que me inspiran los pecadores, aquà os dejo una reliquia bendita, y por el bien de vuestra alma os pido la beséis y conservéis con cariño.
Al principio, Lawless lanzaba sus palabras contra ellos como un fraile predicador; pero, al llegar a las últimas, sacó de debajo de su hábito una flecha negra, la arrojó con fuerza sobre la mesa, frente a los tres asombrados forajidos, se volvió al instante y llevándose consigo a Dick, salió de la estancia y se perdió de vista entre la nieve que caÃa, antes de que tuvieran tiempo de pronunciar una sola palabra o de mover un dedo.
—Hemos puesto a prueba nuestros falsos rostros, master Shelton —dijo—. Ahora estoy dispuesto a arriesgar mi pobre pellejo donde queráis.
—Bien —repuso Richard—. Me muero ya de impaciencia por hacer algo. ¡Partamos hacia Shoreby!