La Flecha negra
La Flecha negra La tarde siguiente al naufragio del Buena Esperanza, la despensa, las cocinas, las cuadras, los cobertizos para carros que rodeaban dos de los lados del patio, se hallaban llenos de desocupados, algunos pertenecientes a la servidumbre y vestidos de librea morada y azul, y otros forasteros de carácter indefinido que la codicia atraía a la ciudad y eran recibidos por el caballero por razones políticas y porque ésa era la costumbre de la época.
La nieve, que seguía cayendo sin interrupción, la extremada frialdad del aire y la proximidad de la noche, eran motivos suficientes para retenerlos allí, al abrigo de un techo. El vino, la cerveza y el dinero corrían en abundancia; muchos jugaban tendidos sobre la paja del granero, y muchos seguían aún ebrios desde la comida del mediodía.
A los ojos de un hombre moderno, hubiera parecido aquello el saqueo de una ciudad; a los ojos de un contemporáneo ocurría lo que en cualquier otra noble y rica morada en tiempo de fiesta.
Dos monjes, joven el uno y viejo el otro, habían llegado a última hora y se calentaban al fuego en un rincón del cobertizo. Una abigarrada muchedumbre les rodeaba: juglares, charlatanes y soldados; y con ellos había entablado el más viejo una conversación tan animada, y cruzado tan estentóreas carcajadas y chistes, que el grupo crecía por momentos.