La Flecha negra
La Flecha negra No hacía mucho que en tal posición se hallaba cuando algo vino a inquietarle de manera extraña. En aquel piso alto de la casa sólo turbaba el silencio de la noche el chisporroteo de las llamas y el crepitar de algún leño verde en la chimenea; pero, de pronto, al atento oído de Dick llegó el rumor de alguien que andaba con extremada cautela, y, poco después se abría la puerta y un hombrecillo de negro rostro y raquítico aspecto, vistiendo los colores de la librea usada por la gente de lord Shoreby, asomaba primero la cabeza y luego el encorvado cuerpo. Tenía abierta la boca, como si ello le ayudara a oír mejor, y sus ojos, que eran muy brillantes, se movían rápidamente y con inquietud, de un lado a otro. Dio la vuelta a la habitación, una y otra vez, golpeando aquí y allá sobre las colgaduras; pero, por milagro, escapó Dick a la pesquisa. Luego, miró debajo de los muebles y examinó la lámpara; al fin, como quien acaba de sufrir amargo chasco, se disponía a marcharse tan silenciosamente como había entrado cuando, de pronto, se arrodilló, recogió algo de entre los juncos del suelo, lo contempló y, dando muestras de satisfacción, lo escondió en la escarcela que llevaba pendiente del cinto.