La Flecha negra
La Flecha negra A Dick se le cayó el alma a los pies al verlo, pues el objeto en cuestión era una borla de su propio cíngulo, y era evidente que aquel raquítico espía, que tan maligno placer hallaba en su oficio, no tardaría en llevárselo a su amo, el barón. Tentado estuvo de echar a un lado el tapiz, caer sobre aquel miserable y, aun con riesgo de su vida, arrebatarle aquella prueba delatora. Mas cuando se hallaba indeciso, otra nueva causa de preocupación vino a aumentar su duda. De la escalera llegaba una voz áspera, ronca, como de beodo, y poco después se oían en el corredor desiguales, vacilantes y pesados pasos.
—«¿Qué hacéis aquí, alegres camaradas, entre los sotos de la verde selva?» —cantaba aquella voz—. «¿Qué hacéis ahí, eh, borrachines, qué hacéis ahí?» —continuó, lanzando sonora carcajada de beodo, y una vez más rompió a cantar:
Si así empináis el blanco vino,
gordo fray John, amigo mío,
y si yo como y vos bebéis,
¿quién dirá misa, lo sabéis?