La Flecha negra
La Flecha negra Lawless, ¡ay!, cayéndose de puro borracho, vagaba por la casa, buscando un rincón donde pasar, durmiendo, los efectos de sus libaciones. Vibró de ira Dick. El espía, aterrorizado al principio, pronto se rehízo al ver que tenía que habérselas con un borracho, y con rapidez de felino salió de la habitación y desapareció de la vista de Richard.
¿Qué hacer? Si perdía su contacto con Lawless, no podría trazar un plan que le permitiera rescatar a Joanna. Si, por otra parte, se atrevía a dirigirse al forajido, aún podría estar oculto el espía, y las consecuencias serían fatales.
A pesar de todo, Dick se decidió por este último riesgo. Saliendo de su escondrijo, fue a la puerta del aposento y se quedó en ella, presto a cuanto fuera necesario. Lawless, con la cara congestionada, inyectados de sangre los ojos y tambaleándose, se acercaba vacilante. Al fin, vio confusamente a su jefe y, a pesar de las imperiosas señas de Dick, le saludó enseguida a voz en grito y llamándole por su nombre.
Dick dio un salto y sacudió al borracho furiosamente.
—¡Bestia! —le apostrofó en voz baja—. ¡Eres una bestia, no un hombre! Tu imbecilidad es peor que la traición. Por tu borrachera podemos vernos todos perdidos.