La Flecha negra
La Flecha negra —Sà —dijo dirigiéndose a lord Shoreby—, he aquà la prueba de un odio que me persigue constantemente, y como pisándome los talones. Este palo negro, o uno semejante, acabará conmigo. Y, compadre, permitid que el buen caballero os dé un consejo: si estos sabuesos dan en seguiros el rastro, huid. Esto es como una enfermedad… Se agarra a los miembros con terca insistencia. Pero veamos lo que han escrito. Me lo figuraba, milord; os han marcado ya, como viejo roble que ha de derribar el leñador; mañana o pasado sentiréis el hacha. Pero ¿qué escribisteis en esa carta?
Arrancó lord Shoreby el papel de la flecha, lo leyó, lo arrugó entre sus manos y, venciendo la repugnancia que hasta entonces le habÃa impedido acercarse, se arrojó de rodillas junto al cadáver y ansiosamente rebuscó en su escarcela.
Luego se puso en pie, algo descompuesto el semblante.
—Compadre —dijo—, he perdido, en efecto, una carta de mucha importancia, y como yo pudiera echarle la mano encima al canalla que la ha robado, de inmediato le mandarÃa a servir de adorno en una horca. Pero, ante todo, aseguremos las salidas de la casa. ¡Por san Jorge, que bastante daño han hecho ya!