La Flecha negra
La Flecha negra Se apostaron centinelas en torno de la casa y del jardÃn; otro, también, en cada descansillo de la escalera; todo un pelotón en el vestÃbulo de la entrada principal, y otro, además, junto a la hoguera del cobertizo. Los hombres de armas de sir Daniel fueron reforzados con los de lord Shoreby; no faltaban, por lo tanto, hombres ni armas para proteger la casa ni para cazar en la trampa a cualquier enemigo que allà estuviera escondido, si es que alguno habÃa.
Entretanto, sacaron el cadáver del espÃa, llevándolo, bajo la espesa nevada, a depositarlo en la iglesia de la abadÃa.
Sólo cuando se hubieron tomado todas estas precauciones y volvió a reinar en la casa decoroso silencio, sacaron las dos muchachas a Richard Shelton de su escondite, dándole cuenta detallada de todo lo sucedido. Él, por su parte, les refirió la visita del espÃa, el peligro que corriera al ser descubierto y el rápido fin de la escena.
Joanna se apoyó, medio desvanecida, contra la tapizada pared.
—¡De poco servirá esto! —exclamó—. ¡De todos modos, mañana por la mañana han de casarme!