La Flecha negra
La Flecha negra —¡Cómo! —dijo su amiga—. Aquà está nuestro paladÃn, que ahuyenta los leones como si fueran ratoncillos. Poca fe tienes, en verdad. Pero venid, amigo, terror de leones, dadnos alguna seguridad; hablad y oigamos vuestros audaces consejos.
Dick se quedó confundido al ver que asà le echaban en cara sus propias y exageradas palabras, pero, aunque enrojeció, habló, no obstante, con brÃo.
—Verdaderamente —dijo— nuestra situación es difÃcil. Sin embargo, si lograse salir de esta casa nada más que media hora, creo que todo podrÃa marchar bien todavÃa; y en cuanto al casamiento, se impedirÃa.
—Y en cuanto a los leones —remedó la joven—, serÃan ahuyentados.
—Perdonad —murmuró Dick—. No hablo yo ahora por el gusto de echar baladronadas, sino más bien como el que pide ayuda o consejo, pues si no consigo salir de esta casa entre esos centinelas, menos que nada podré hacer. Tomad, por favor, mis palabras en su justo sentido.
—¿Por qué dijiste que tu enamorado era un rústico, Joanna? —preguntó la joven—. Te garantizo que no se muerde la lengua; su palabra es fácil, suave y audaz, cuando quiere. ¿Qué más puedes querer?