La Flecha negra
La Flecha negra —No —suspiró Joanna sonriendo—. Ése no es mi amigo Dick: me lo han cambiado. Cuando yo le conocà era tosco y rudo. Pero eso nada importa; para mà ya no hay salvación. No me queda más remedio que ser lady Shoreby.
—Pues bien —exclamó Dick—; voy a intentar la aventura. Nadie se fija mucho en un fraile, y si encontré una buena hada que me condujo hasta aquÃ, bien puedo encontrar otra que me haga llegar hasta abajo. ¿Cómo se llamaba el espÃa?
—Rutter —respondió la damisela—. Pero ¿qué queréis decir, terror de la selva? ¿Qué os proponéis hacer?
—Seguir audazmente mi camino como si tal cosa —replicó Dick—, y si alguno me detiene, decirle que voy a rezar por el alma de Rutter. Ahora mismo estarán rezando ante el pobre muerto.
—La estratagema es algo inocente —observó la muchacha—; pero podrÃa resultar viable.
—No, no es ninguna treta —exclamó el joven Shelton—, sino simplemente un golpe de audacia, que, con frecuencia, vale más que nada en los grandes apuros.