La Flecha negra
La Flecha negra —Tenéis razón —dijo ella—. ¡Id, pues, en nombre de la Virgen MarÃa, y que el cielo os proteja! Dejáis aquà a una pobre doncella que os ama con toda su alma, y a otra que de todo corazón es vuestra amiga. Sed cauto, por nuestro bien, y cuidad de vuestra seguridad.
—Sà —añadió Joanna—. Vete, Dick. No corres mayor peligro marchándote que quedándote. Vete; mi corazón va contigo. ¡Qué los santos te protejan!
Pasó Dick por delante del primer centinela con aire tan decidido que el hombre tan sólo se movió con cierta inquietud y le miró fijamente. Pero al llegar al segundo descansillo, el otro centinela le cortó el paso con su lanza y le ordenó que dijese qué le llevaba por allÃ.
—Pax vobiscum —contestó Dick—. Voy a rezar ante el cadáver de ese pobre Rutter.
—Está bien —replicó el centinela—. Pero no está permitido ir solo. —Se asomó sobre la barandilla de roble y lanzó un silbido—. ¡Ahà va uno! —gritó.
Y entonces dejó paso a Dick.
Al pie de la escalera encontró a toda la guardia en pie para recibirle, y cuando repitió su cantinela, el jefe del puesto ordenó que cuatro hombres le acompañasen a la iglesia.