La Flecha negra
La Flecha negra —¡No le dejéis escapar, muchachos! —dijo—. ¡Os va la vida si no lo lleváis a sir Oliver!
Entonces se abrió la puerta, le cogieron dos hombres, uno por cada brazo; otro se puso al frente con una antorcha y el cuarto, con el arco tendido y la flecha en la cuerda, guardó la retaguardia. Asà echaron a andar, pasando por el jardÃn, bajo la densa oscuridad de la noche y la nevada, llegando pronto a las iluminadas ventanas de la iglesia abacial.
En el portal del oeste habÃa un piquete de arqueros, que se refugiaban como podÃan bajo la bóveda de la entrada, y todos cubiertos de nieve, y sólo después de haber cambiado unas palabras con los que conducÃan a Dick se les permitió a éstos continuar, entrando en la nave del sagrado edificio.
La iglesia estaba débilmente iluminada por los cirios del altar mayor y por un par de lámparas que colgaban de las bóvedas, ante las capillas particulares de familias ilustres. En el centro del coro yacÃa el cadáver del espÃa, piadosamente dispuestos sus miembros, sobre un féretro.
Un precipitado murmullo de plegarias resonaba a lo largo de los arcos; en los sitiales del coro, monjes con cogulla, arrodillados, y en los escalones del altar mayor, un sacerdote, de pontifical, celebraba la misa.