La Flecha negra
La Flecha negra Al ver a los recién llegados, uno de los que llevaba cogulla se levantó y, bajando los escalones que elevaban el nivel del coro sobre el de la nave, preguntó al que guiaba a los cuatro hombres qué les llevaba a la iglesia.
Por respeto a la ceremonia religiosa y al muerto, hablaron en voz baja, pero los ecos del enorme y casi vacÃo edificio recogieron sus palabras y las repitieron sordamente por las naves laterales.
—¡Un monje! —exclamó sir Oliver (era él), al oÃr el relato del arquero—. Hermano, no os esperaba —añadió volviéndose hacia el joven Shelton—. Con todos mis respetos, ¿quién sois? Y ¿a instancias de quién venÃs a unir vuestras oraciones a las nuestras?
Conservando Dick la capucha sobre su rostro, hizo seña a sir Oliver de que se apartara uno o dos pasos de los arqueros y, tan pronto como el clérigo lo hubo hecho, le dijo:
—No puedo esperar engañaros, señor. En vuestras manos está mi vida.
Sir Oliver se sobresaltó violentamente; palidecieron sus rollizas mejillas y durante un rato guardó silencio.