La Flecha negra
La Flecha negra —Richard —dijo luego—, no sé lo que te trae aquÃ; pero mucho me temo que nada bueno es. Sin embargo, por los recuerdos del pasado, por el cariño que me tuviste, no quisiera exponerte a ningún daño. Toda la noche estarás sentado junto a mà en un sitial del coro: allà estarás hasta que lord Shoreby se haya casado y la comitiva haya regresado sana y salva a casa. Y si todo va bien y no has tramado tú nada malo, al final marcharás donde quieras. Pero si tienes algún propósito sanguinario, caerá sobre tu cabeza. ¡Amén!
Y santiguándose devotamente, el cura se volvió y se inclinó ante el altar.
Tras esto, dijo unas palabras a los soldados y, cogiendo de la mano a Dick, le hizo subir al coro y le colocó en el sitial contiguo al suyo, donde, aunque no fuera más que por pura fórmula de respeto, tuvo el muchacho que arrodillarse y aparecer muy absorto en sus devociones.
Sin embargo, su imaginación y sus ojos no paraban un momento.