La Flecha negra
La Flecha negra —Tal vez no —dijo Dick—. ¿Qué puede hacer él? No tiene más que un puñado de hombres. ¡Ay! Si fuese mañana… Si yo pudiera acudir a una cita que mañana tengo una hora antes del mediodÃa… Creo que las cosas cambiarÃan de aspecto… Pero ahora no hay remedio.
—Bien —dijo resumiendo Lawless—; si vos proclamáis mi inocencia, yo proclamaré la vuestra con toda energÃa. De nada nos servirá; pero si me han de ahorcar, no será por quedarme corto en jurar que somos inocentes.
Mientras Dick quedaba sumido en sus pensamientos, el viejo pÃcaro se acurrucó en un rincón, tiró de su capucha monástica hasta taparse la cara y se acomodó para dormir. Pronto sonaron sus fuertes ronquidos: hasta tal punto su larga vida de penalidades y aventuras le habÃa embotado el sentido del miedo.
Largo rato hacÃa que pasara el mediodÃa, y el dÃa comenzaba a declinar, cuando se abrió la puerta de la habitación y Dick fue conducido a la parte alta de la casa, donde en tibio aposento meditaba el conde de Risingham, sentado junto al fuego.
Al entrar su cautivo, alzó la vista.