La Flecha negra
La Flecha negra —Honrada respuesta —dijo—. Pero entonces, ¿por qué me entregáis esta carta?
—Porque, contra los traidores, milord, ¿no están por igual dispuestos todos los partidos? —exclamó Dick.
—Bien quisiera yo que asà lo estuvieran, caballero —repuso el conde—, y cuando menos apruebo vuestra frase. Observo que hay en vos más juveniles impulsos que culpa, y, de no ser sir Daniel hombre tan poderoso en nuestro partido, casi estarÃa tentado a defenderos en vuestra querella. Porque he indagado y, por lo que parece, habéis sido tratado muy duramente, y tenéis mucha excusa. Pero mirad, caballero, yo soy, antes que nada, un jefe que ha de defender los intereses de la reina y aunque, según creo, hombre justo por naturaleza, y hasta con exceso inclinado a la misericordia, estoy obligado a dirigir de tal suerte mis actos que resulten beneficiosos para los intereses de mi partido, y por conservar a sir Daniel serÃa capaz de ir muy lejos.
—Milord —repuso Dick—, sin duda os parecerá osadÃa el que yo os aconseje; pero ¿contáis con la fidelidad de sir Daniel? TenÃa yo entendido que con intolerable frecuencia pasaba de un partido a otro.