La Flecha negra
La Flecha negra —¡Ah! Ésa es la costumbre en Inglaterra. ¿Qué le vamos a hacer? —replicó el conde—. Pero sois injusto con el caballero de Tunstall, y del modo que se entiende la fidelidad en esta desleal generación, últimamente se ha mostrado honradamente leal a nosotros, los de Lancaster. Hasta en nuestros últimos reveses siguió firme a nuestro lado.
—Entonces —contestó Dick— si os dignáis echar una ojeada a esta otra carta, podrÃa ser que cambiarais la opinión en que le tenéis.
Y entregó al conde la misiva de sir Daniel a lord Wensleydale.
El efecto que ésta produjo en el semblante del conde fue instantáneo; se enfureció como un león y, con repentino impulso, llevó la crispada mano a su daga.
—¿También esto lo habéis leÃdo? —preguntó.
—También esto —respondió Dick—. Vuestras posesiones es lo que ofrece a lord Wensleydale.