La Flecha negra
La Flecha negra —SÃ, mis posesiones, como decÃs —exclamó el conde—. Esta carta me convierte en vuestro servidor. Me ha mostrado la madriguera del zorro. Mandadme, master Shelton; no seré mezquino en mi gratitud; y para empezar, seáis de York o de Lancaster, hombre honrado o ladrón, desde este momento os concedo la libertad. ¡Marchaos, en nombre de la Virgen MarÃa! Pero considerad como un acto de justicia que retenga y ahorque a vuestro compañero Lawless. El crimen se ha cometido públicamente y es conveniente que a él siga un castigo público también.
—Milord, la primera súplica que os hago es que también a él le perdonéis.
—Es un condenado pÃcaro, ladrón y vagabundo, master Shelton —dijo el conde—. Hace lo menos veinte años que se tiene bien ganada la horca. Y si, al fin, a ella ha de ir a parar, ¿qué más da mañana que pasado?
—Sin embargo, milord, por cariño a mÃ, vino él aquà —respondió Dick—, y muy ruin y desagradecido serÃa si lo abandonara.